Libros – “El Coatepeque Que Yo Vivi” – Escuela de Varones (V)

Ya indique que durante los primeros días de la entrada a la escuela, se armaba la Compañía.

Todos los sábados por la mañana, al mando del comandante del año íbamos al campo de fútbol del pueblo, que quedaba debajo de la Estación del Ferrocarril, a practicar marchas, movimientos de orden cerrado (en columna, en pelotones, en fila de uno, de dos, etc.), movimientos con armas (al hombreo, tercien, presenten, etc.), para estar debidamente entrenados y preparados para los desfiles. ¡Lo que sudamos bajo aquel sol costeño! Íbamos y regresábamos marchando de la escuela al campo y del campo a la escuela. Algunos años, lo hacíamos cantando adecuadas melodías, tales como “Cantar del Regimiento” “!Oh Pabellón!” y otras que por el momento no se me vienen a mi mente.

Los castigos, clásicos en esta formación de tipo militar no se hacían esperar. Por un movimiento mal efectuado veinticinco sentadillas, por no llevar el paso; veinte y s cinco sentadillas; por salir en la marcha con el pie izquierdo y no saber el alto: cincuenta sentadillas, etc. Sin embargo, ansiábamos crecer para marchar en la Compañía de la Escuela.

Los miembros de la Compañía de la Escuela también hacíamos gimnasia y presentábamos al público actos en los cuales hacían pirámides pequeñas, grandes y con adornos de figuras ejecutadas por los pequeños alumnos. Todos estos movimientos eran aplaudidos por el público asistente, quienes premiaban así el esmero y la aplicación, tanto de los alumnos como de maestros. Al terminar los ejercicios, de parte de la Intendencia Municipal, se servia a los educandos un refrigerio consistente en dos sándwiches y refresco en abundancia. Sudorosos y cansados, comíamos y bebíamos con la satisfacción del deber cumplido, regresando a la escuela marchando al compás de nuestro redoblante o cantado una melodía, que más o menos decía así:

Cantal del regimiento,

Encuerdo en mi bandera esta,

Por ella bate el viento,

Hablándonos de libertad.

Cantar del regimiento,

Mil vidas que se ofrendarán,

Que me cuide la virgen morena,

Que me cuide y me deje pelear.

Ya se va mi regimiento,

Va cantando sabe Dios si volverá.

Hasta aquí mis recuerdos de la vieja escuelona. Se muy bien que entre sus paredes hay muchas cosas que merecen ser contadas hoy ya cuyo recuerdo mas de alguno derramara lagrimas. ¡Dios te mantenga viva en el recuerdo, vieja escuelota, pues mientras tengas quien te añore, quien te cante, no morirás, vivirás eternamente para orgullo de los que pasmos por tus salines de clases y acudimos presuroso al llamado de tu sonara campana!

Bibliografía.  de León Castillo, Oscar.  “El Coatepeque que Yo Vivi”

Editorial Oscar de León Palacios

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