Libros – “El Coatepeque Que Yo Vivi” – El Mercado (I)

El mercado ocupaba manzana cabal, exactamente donde se asienta actualmente. Solamente que en este tiempo, se circunscribía únicamente a es manzana, sin vendedores afuera de su recinto ni ocupando calles adyacentes, tal como existe en la actualidad.

El domingo era el día principal de plaza. El mercado se llenaba de gente propia del pueblo y de las aldeas y fincas vecinas, que “bajaban al pueblo” a comprar lo necesario para la alimentación de la semana. En los otros días de la semana, había venta, pero escasa.

Se podía entrar al mercado por cuatro puertas colocadas en sus cuatro esquinas. Los vendedores era conocidísimos en sus diferentes especialidades y los compradores sabían a donde dirigirse para comprar ciertos determinados artículos.

Penetremos entonces al principal lugar de transacciones comerciales del pueblo y donde las amas de casa se proveían de los artículos de consumo diario. Entre el mercado de Coatepeque de los años cuarenta y conozcamos a sus cosas particulares.

Alineadas en uno de sus tramos, se encontraban las señoras que mitigaban la sed de los compradores; fresqueras. Con su delantal blanco y su gorrita del mismo color, la Celias, porque eran dos con el mismo nombre y la Canducha, se disputaban la clientela, pero a base de la delicia de su producto. Con su gran marqueta de hielo y sus ollas de peltre colocadas sobre un mostrador con forro de lamina, se esmeraban en despachar granizadas de fresa, piña, mandarina, frambuesa, y las demás deliciosas aun, las de leche o crema. Par a los patojos o güiros, los clásicos volcanes, de los mismo sabores que las granizadas.

Para los más sedientos, los grandes y fríos frescos de piña, horchata, guanábana, súchiles, crema, tamarindo, chan, limonada, naranjada, etc.; pero no fabricados con esencias, sino con la propia fruta.

Para acompañar a estos deliciosos refrescos, se podían comprar ricos panes: cachitos, hojaldras, morelianas, franceses, cubiletes, nuégados, etc., en la tienda del gordo Delfidio Guizar, situada en una de las entradas, que vendía el crujiente y delicioso pan que fabricaban en la panadería de su familia, donde trabajaban su mama, doña Lola, y su hermano Efraín. También había vendedoras que en canastos exhibían el pan que horneaban las principales panaderías del pueblo: Brizuela, Zacarías Antonio, doña Amelia de Rabanales, etc.

Bibliografía.  de León Castillo, Oscar.  “El Coatepeque que Yo Vivi”

Editorial Oscar de León Palacios

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