Libros – “El Coatepeque Que Yo Vivi” – El Mercado (II)

Una de las tiendas donde los coatepecanos compraban varios de sus artículos de consumo diario semanal, era la perteneciente a doña Mercedes Orellana, mas conocida simplemente como doña Meches. El arroz, el fríjol negro, blanco y colorado, el jabón, los fideos, macarrones y otras pastas, eran las principales cosas que vendía doña Meches, madre de dos jóvenes pertenecientes a la sociedad coatepecana: Catalina, quien fue reina de la feria y mas tarde contrajo nupcias con Ulrico Muñoz y Guillermo “El Chato” Larrave, un gran deportista.

Vendía también estos artículos, otra tienda que atendían los miembros de una familia a quienes únicamente puedo identificar por el sobrenombre que les decía todo el pueblo: “Los Tamalazo”. Principiaban en este tiempo con el negocio que no era tan surtido como el de doña Meches.

Enfrente de doña Meches, ocupaba otro espacio grande una señora, a quien se conocía simplemente como doña Michaela. Su principal articulo, que traía no se de donde eran los chiles que servían para rellenar y los jalapeños para hacer escabeche. En mi mente se grabo, principalmente, porque vendía unos chicozapotes, que eran para chuparse los dedos.

Casi frente a doña Meches, también tenían su puesto de venta de artículos de consumo diario, doña Maria “La Zarca” y doña Luisa “Guicha” Orozco.

En el costado este del mercado, sentaban sus reales uno de los gremios mas numerosos y de mas trabajo en Coatepeque de estos días: los señores destazadores o carniceros. Familias enteras se dedicaban a este rudo y cansado oficio, pues no solo se trataba de la venta de la carne, sino también de la conseguida del ganado para el destace, el acarreo del rastro hacia el mercado y la conservación del producto, ya que en estos dorados tiempos no era muy común la refrigeración.

Todo este costado se dividió en pequeños tramos, en cuyo frente, colgados, en ganchos de acero en forma de S, se exhibían las piezas de carne y hueso que estaban a la venta. Grandes y muy afilados cuchillos, que asentaban constantemente en un aparato llamado chaira, un hacha de cabo corto para el corte de huesos y un tronco de madera fabricado del tallo de un árbol, eran las herramientas que usaban estos comerciantes de la carne de res.

Bibliografía.  de León Castillo, Oscar.  “El Coatepeque que Yo Vivi”

Editorial Oscar de León Palacios

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