Libros – “El Coatepeque Que Yo Vivi” – El Mercado (III)

El domingo era el principal día de venta y era cuando todos los tramos estaban abiertos y con un movimiento muy grande de clientes y vendedores.

Famosos en el negocio son los nombres de doña Irene de Zamora, don Ramiro Hernández, mas conocido por el sobrenombre de “Chaleco”, de origen hondureño, don Juan Gómez (padre de Ulrico, Arnoldo, Herman, Byron y Angélica, esposa de Chepe Calito); mi tío , don Alberto Castillo y su esposa doña Elvira Morales Palomeque de Castillo; don Cristóbal Muñoz; don Adulfo Salas; don José Hernández y sus hijos José y Genoveva; don Luis Rodríguez; don Ángel López; don Emilio Díaz; don Tirso Vega Urbina y don Maximiliano Gamboa hijo, “Chimano”.

Un personaje muy peculiar dentro d este genero, era un señor de baja estatura, gordito, de quien únicamente recuerdo su nombre de Santos, no así su apellido; era el técnico o el experto en picar el hueso, cosa que hacia en todos los tramos. Considero yo que este trabajo debe tener un arte especial, pues este señor era muy solicitado por todos los propietarios.

Los gritos y frases con que llamaban la atención de la clientela, eran otra cosa clásica de estos señores de la industria de la carne:”A ver reina, que le damos”; “No se pase chulita sin llevar su carne”; “Colochita, que me va a comprar ahora”; “Oye mijo, aquí esta la buena carne, de aquí la lleva tu mama”; “La tengo flaca y sin sebo para usted, mí clientecita, tal y como se la di el otro día”; “Ándele chulita, aquí le tengo su hueso, tal y como a usted le gusta”; “Que quiere mi amor, hay para cocer y para asar”; etc.,etc.

En el costado del lado norte, en el extremo oeste, estaba situada dos o tres carnicerías encargas de la distribución de la carne de coche, los chicharrones, las morongas, la manteca, que se venid por botellas, y todo lo concerniente a este animal. Se me quedo fijo en la memoria el nombre de los dueños de uno de estos pequeños locales: don Espiridon y doña Catalina, quienes vivían al otro lado de la línea férrea, en una de las últimas casa del pueblo. Otros de los dueños de los tramos, eran doña Paulina y su esposo Chinto.

A la par de esta carnicerías abrían sus puertas los comedores o las cocinas, como se les decía en estos tiempos. Este era otro gremio muy numeroso del comercio del mercado. Muy especial recuerdo guardo de una de estas señoras, a quien conocí únicamente como doña Tacha. La recuerdo porque en su establecimiento nos proporcionaron, durante mucho tiempo nuestro diario yantar, a mi padre y a mi. Yo era el encargado de ir a traer la portaviante al mercado y llevarla hasta la casa donde habitábamos. Ayudaban a doña Tacha, quien era una señora gorda y alta, dos de sus hijas: Esperanza y Octavia.

En el costado este del mercado, estaba situado un gran almacén, muy surtido de mercadería de toda clase, propiedad de don Pedro Álvarez. Aquí se podían adquirir trastos, perfumes, jabones, artículos de escritorio, útiles escolares en fin, de todo.

Bibliografía.  de León Castillo, Oscar.  “El Coatepeque que Yo Vivi”

Editorial Oscar de León Palacios

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